sábado, 8 de octubre de 2011

Hombres y mujeres

Los hombres y mujeres  tenemos la capacidad de comunicarnos mediante las palabras, tanto de forma oral como escrita, a diferencia de las piedras, las nubes, las pulgas, los cardos, etc, que no pueden.
Las mujeres y los hombres tenemos manos con dedos prensiles, cabeza, piernas..., a diferencia del mar, las farolas, los perros, las chimeneas, las galaxias, etc., que no tienen.
Los hombres y mujeres habitamos en viviendas que en muchos casos cuentan con luz eléctrica, agua corriente, cuadros decorativos, televisiones, etc., a diferencia de los árboles, las montañas, las aceras, los osos, los tiburones, los glaciares, etc., que simplemente están donde les toca y aparentemente no son capaces de modificar tanto su medio ambiente.
Las mujeres y los hombres nos desarrollamos en el seno de una sociedad, adquirimos formación, desarrollamos un trabajo que nos proporciona remuneración para poder adquirir las cosas que necesitamos y/o deseamos a diferencia de los mosquitos, los coches, las ventanas, las acacias, los charcos, los lobos, etc., que si bien algunos pueden tener sociedad, es muy distinta de la nuestra.
Los hombres y las mujeres levantamos barreras que nos separan según nuestro sexo y posiblemente esto, que hacemos en común, sea lo más nos separe, a pesar de parecernos muchísimo más de los que nos diferenciamos.
Las mujeres y los hombres miramos al otro lado de la barrera, donde se encuentran las personas del otro sexo, con una mezcla de deseo y rechazo, atracción y recelo, compañerismo y desprecio, orgullo y envidia, curiosidad y miedo.
Los hombres y las mujeres hablamos de igualdad y somos distintos, aunque parecidos. Hablamos de igualdad y fomentamos la discriminación. Hablamos de igualdad y creamos la barrera que nos separa.

martes, 15 de marzo de 2011

¿Por qué muere el amor?

Esta entrada va dedicada a Paqui, que me planteó la cuestión.

En primer lugar será necesario decidir qué consideramos amor para poder saber si muere y por qué. Sin duda se trata de un concepto muy difícil de definir y, por otra parte, seguramente el concepto de amor difiere de una persona a otra. Y creo que la clave está en tratar el concepto que cada cual tiene del amor.
Seguramente hay muchos factores involucrados en el amor, pero podríamos definir cuatro factores que probablemente justifiquen la mayor parte del concepto de amor que cada persona tiene:

  • Deseo de bienestar para la persona amada: el grado en que deseamos que la persona a la que se ama se encuentre bien, sea feliz, etc.
  • Deseo de bienestar propio: el grado en que deseamos encontrarnos bien nosotros mismos y trabajamos por ello.
  • Deseo de hacer cosas para la persona amada: el deseo que tenemos de realizar actos orientados a la otra persona, tener interacción con ella, procurarle distintas cosas (satisfacción, bienestar, resolverle problemas, etc.)
  • Deseo de recibir cosas de la persona amada: el deseo que tenemos de que la otra persona realice actos orientados a nosotros, que tenga interacción con nosotros, procurarnos distintas cosas, etc.
Obviamente, cada uno de estos cuatro factores podrá tener un valor positivo o negativo, pero en este artículo hablaremos sólo de su lado positivo, ya que está orientado al amor y no al odio.
Si diésemos puntuaciones en cada uno de los cuatro factores para el sentimiento de amor que una persona tiene por otra, podríamos construir su "perfil". Estos perfiles pueden ser extremos y patológicos (o insanos) si están centrados sólo en uno de los factores. Por ejemplo:
  • Sólo deseo de bienestar para la persona amada y prácticamente cero en los demás: la persona se anula, cualquier posible satisfacción de la persona amada se considera buena con independencia de la procedencia, incluso a costa del bienestar propio. Es probable que no pueda aguantar indefinidamente una relación ya que uno mismo es parte de la misma y no puede subsistir sin uno de los protagonistas.
  • Sólo deseo de bienestar propio y prácticamente cero en los demás: si sólo se trata de satisfacer los deseos propios, se anula a la otra persona, que probablemente no quiera jugar ese papel indefinidamente y además, la relación no puede subsistir sin uno de los protagonistas.
  • Sólo deseo de hacer cosas para la persona amada y prácticamente cero en los demás: la relación será autoritaria y con imposiciones incluso a costa del sufrimiento de ambas personas. Uno de los dos en algún momento decidirá que la relación tiene que aportar satisfacciones, no imposiciones.
  • Sólo deseo de recibir cosas de la persona amada y prácticamente cero en los demás: probablemente siempre se considere insuficiente lo que se recibe del otro, y además probablemente tampoco sea satisfactorio, ya que no hay una autovaloración. A cambio de esa demanda constante hacia el otro, tampoco se entregará nada y el otro tampoco obtendrá satisfacciones. Tampoco es probable que perdure una relación.
Entre estos cuatro polos, hay una infinidad de posibles combinaciones, que darán lugar a distintos patrones. Pero para una relación de amor, son necesarios dos elementos, y probablemente sea más importante la complementariedad entre ambos que el perfil individual de cada uno (salvo los extremos patológicos)

En el siguiente gráfico vemos una relación descompensada, donde la persona "rojo" tiene un bajo deseo de bienestar propio, un alto deseo de bienestar del otro, un alto deseo de recibir y un bajo deseo de dar. En cambio "Azul" tiene un alto deseo de bienestar propio, un nivel medio de bienestar del otro, un alto deseo de recibir y un bajo deseo de dar:
Probablemente en esta relación rojo considere que el otro no le da lo que desea, mientras le demanda más de lo que quiere dar. Además con su bajo deseo de bienestar propio, probablemente lo que reciba le parezca insatisfactorio. Aunque le satisface cuando azul se siente bien. Azul también sentirá que obtiene menos de lo que desea y le piden más de lo que quiere dar. Además, como su deseo de bienestar de rojo es mayor que el que tiene rojo, probablemente se sienta frustrado al no poder ver a rojo satisfecho nunca. Seguramente el desequilibrio de ambos entre los deseos de dar y recibir cruzados vayan haciendo mella con el tiempo y al final el deseo de bienestar del otro se vaya reduciendo. Además azul probablemente se canse de la insatisfacción de rojo.

En cambio en una relación equilibrada (aunque cada uno de componentes non tenga un patrón igual), las cosas podrían ser muy distintas:
En este caso rojo desea estar bien y azul quiere que esté bien. Azul quiere estar bien y rojo quiere que esté bien. Rojo quiere dar mucho y azul quiere recibir. Rojo quiere recibir poco y azul quiere dar poco. Probablemente las expectativas de cada uno se vayan cumpliendo y la relación se sostenga.

En cualquier caso, los perfiles pueden ir cambiando con el tiempo para ambos componentes, aunque parece más probable que las relaciones descompensadas tiendan a descompensarse más hasta que se rompan y las compensadas a ir ajustándose cada vez más a medida que las expectativas de cada uno son más realistas.

Desde la perspectiva de este modelo, por tanto, el amor muere por unas expectativas descompensadas entre las personas presentes en la relación. Llevando el incumplimiento de esas expectativas y deseos a ir cambiando la propia naturaleza de la relación.

lunes, 28 de febrero de 2011

¿Por qué soy importante?

Habitualmente vemos muchas respuestas a esta pregunta: porque eres único, porque hay otras personas que te aman, porque eres un ser humano, etc. Pero, francamente, a mí no terminan de responderme acerca de mi propia importancia. Parecen más estereotipos. Todas las cosas de universo son únicas, otras especies pueden ser también dignas de respeto, etc.
Si buscamos un símil, podemos preguntarnos por qué un diamante es valioso y un guijarro no. La respuesta es obvia, porque el diamante es escaso y tiene unas propiedades atractivas o útiles, mientras el guijarro es muy común y sus propiedades son menos "especiales". Pero al final, es valioso porque debido a esas características alguien está dispuesto a pagar un alto precio de por el diamante que no está dispuesto a pagar por el guijarro. Es decir, el valor o su importancia estriba únicamente en que alguien (o muchas personas) lo consideran valioso.
Del mismo modo, las personas somos importantes porque alguien nos considera importantes. Sólo por eso. Ahora bien, podemos perseguir que los demás nos consideren importantes, lo que implica depender de ellos para obtener esa consideración o darnos importancia nosotros mismos, lo que nos permite controlar nuestros sentimientos y nuestra vida, ya que no necesitamos complacer a los demás para que nos halaguen.
Por tanto, yo soy importante porque decido serlo. Porque sin mí yo no sería nada. De hecho, desde mi perspectiva, el mundo ni siquiera existiría si yo no estoy.
Yo juzgo si las cosas del mundo, de la vida, me gustan, me parecen bien, me parecen mal, no merecen mi atención... Por tanto, yo decido parecerme bien a mí mismo. ¿Y por qué decido ésto? Porque lo contrario es garantía de infelicidad. Es decir, si quiero ser infeliz no tengo más que decidir que no me gusto y no soy importante. Y como yo prefiero ser feliz a infeliz, prefiero decidir que sí soy importante. Lo más importante del mundo, ya que soy el centro de mi perspectiva del mundo.
Sin embargo, esta visión que puede considerarse intelectualmente correcta, puede no estar bien establecida en nuestros sentimientos, ya que podemos estar pensando que cada cosa que hacemos o pensamos es incorrecta. Por ello, voy a preguntarme con cada pensamiento o sentimiento ¿Qué tiene de malo haber pensado o sentido esto?
Por ejemplo, si pienso que ahora me siento solo y nadie me comprende. ¿Qué tiene de malo haber pensado ésto? Nada. Es simplemente un pensamiento que ha pasado por mi mente. Si me preocupa estar solo puedo llamar a amigos, y si no los tengo, acudir a alguna actividad que me permita conocer gente o simplemente presentarme a personas que vea por la calle. Si nadie me comprende, puedo aprender a explicarme, o conformarme con comprenderme yo mismo, o decidir que lo que busco no es comprensión, sino aprobación y me basta con la mía. No he hecho nada malo por pensar eso y no haré nada malo si lo vuelvo a pensar. Yo puedo pensar lo que mejor me parezca. Y también puedo sentir lo que me parezca. Si quiero sentir lástima de mí mismo ¿qué? son mis sentimientos. Y si decido sentirme feliz ¿qué? son mis sentimientos. Nadie puede decirme si siento bien o mal, si son correctos o incorrectos. Eso no existe, por más que haya quien quiera imponernos cuándo debemos divertirnos, aburrirnos, sentirnos tristes, alegres, etc.
En conclusión, yo soy importante porque decido serlo, y eso me permite pensar, sentir y actuar libremente. Soy mi único juez relevante (aunque haya muchos más jueces que me quieran juzgar no tengo por qué acatar sus sentencias) y si quiero, puedo elegir sentirme mal, o bien, sin ningún motivo que explicar o justificar a los demás ni a mí mismo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Para añadir al refranero

Quien confía en los tribunales
aún no conoce todos los males.
Quien confía en la justicia
hallará la desdicha.
Sólo puedes confiar en las personas de buen corazón
y alejarte de quienes siempre quieran tener razón.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Háblame de los demás y me contarás de tí

De forma casi constante nuestra comunicación incluye referencias a los demás: hablamos más de otras personas que de nosotros mismos. Pero paradójicamente, parece que eso comunicase más de nosotros que de los demás.

¿Por qué? Cuando hablamos, comunicamos hechos objetivos, datos, interpretaciones de los datos, elucubraciones acerca de los motivos y pensamientos de los demás, etc. Pero habitualmente los hechos objetivos y los datos son una parte ínfima de la comunicación. Parece que alguna fuerza nos impulsase para transmitir nuestras interpretaciones y suposiciones más que los hechos que las respaldan.

¿Cómo podemos atribuir una intencionalidad a una persona en base a sus actos? Obviamente porque ya hemos visto antes que alguien ha actuado así cuando tenía esa intención. Puesto que es de nuestras propias conducas de las que tenemos un mayor repertorio y además tenemos las intenciones asociadas a las mismas (de primera mano, aunque a veces distorsionadas), es fácil deducir que la mayor cantidad de referencias acerca de las intenciones asociadas a las conductas provienen de nosotros mismos. A medida que vamos obteniendo confirmaciones (reales o supuestas) de estar en lo cierto, iremos agregando esas confirmaciones al repertorio original. Y del mismo modo, cada vez nos resulta más natural obrar del modo en que nos marca nuestro estereotipo cuando tenemos ciertas intenciones, deseos o emociones.

Por otra parte, estas interpretaciones sólo tienen cierto rango de posibilidades: los conceptos que tenemos dentro de nuestra mente. Si, por ejemplo, hablamos del tamaño de una caja, podríamos decir que es pequeña, mediana, grande, etc. Pero si hemos trabajado en un almacén donde clasificamos cajas, es probable que digamos talla X o talla Y. En este caso, al hablar con otra persona que no haya utilizado la clasificación por tallas, es probable que nos pregunte ¿Pero la talla X es grande o pequeña? Son sus conceptos, con los cuales se maneja por el mundo. Y nosotros le podríamos responder: no sé si con grande te refieres a si cabe en un bolsillo o en un contenedor. Las cajas de cerillas son más pequeñas que las de tabaco, así que las de tabaco pueden ser grandes, pero las de tabaco son mucho más pequeñas que las de jamones, así que también son pequeñas.

Así, cuando describimos a una persona, buscamos entre los conceptos que tenemos (no entre los que no tenemos) en función de las conductas o atributos que previamente nosotros hemos asociado a esos conceptos, en gran medida por nuestra propia conducta.

Por tanto, probablemente, el que se queja de las mentiras de los demás, de sus injusticias, el que habla de la bondad de los demás, de su afectuosidad, etc., probablemente nos esté contando más de sí mismo que de la persona a la que se refiere. Si nuestra visión del mundo está deformada, encajaremos todos sus atributos en nuestra deformidad.

El sentido de la vida

La gran pregunta. ¿Qué nos empuja a enfrentarnos a cada nuevo dia? Unas veces con ímpetu, ya que sentimos toda la potencia del universo en nuestro interior, otras veces con miedo, ya que hasta las cosas más simples parecen requerir un esfuerzo faraónico, otras sin más, ya que cada día no parece diferenciarse en exceso de los demás...

En algunas de estas ocasiones (normalmente las más terribles para nosotros) nos preguntamos ¿por qué voy a realizar el esfuerzo por vivir si sólo obtengo insatisfacciones? Y es entonces cuando nos preguntamos con angustia si todo tiene un sentido, si vamos a llegar a algo mejor, por qué vivimos.

Creo que la vida, tal como la conocemos, es una combinación de materia con ciertas características. Hay piedras, agua, aire, montañas, etc. Y una combinación concreta da lugar a cierto tipo de vida (al margen de que esa combinación se produzca por la acción de algún Dios o por mero azar). Una característica de esa combinación es que es automantenida. Es decir, mientras existe el ser vivo, el organismo se modifica, cambia, pero sigue en un equilibrio que mantiene el todo (las personas cambiamos células, nos hacemos heridas, nos salen arrugas, pero seguimos siendo la misma persona).

Desde esta perspectiva, el objetivo de la vida es mantenerse viva. Es decir, el objetivo de un árbol, un gusano, una persona o una bacteria es mantenerse vivo como ente completo. Sorprendentemente, habitualmente no se habla de este objetivo al hablar del sentido de la vida, pero claramente es el primero.

Muchas veces, nos planteamos otros objetivos que con frecuencia ponemos por encima del objetivo primordial (seguir vivos), mantener la especie, la familia, sacrificarnos por la patria, etc. En ocasiones, esos objetivos llenan todo el espacio emocional y nos permiten sentirnos bien con nosotros mismos. Estupendo. En otras ocasiones, no tenemos esos otros objetivos o bien no dan respuesta a nuestras inquietudes. Es posible que el objetivo de seguir vivo tampoco nos dé respuesta, ya que desde cierta perspectiva es indiferente que estemos vivos o no. Yo ahora no sé si hay alguien muriendo en otra ciudad y de hecho el mundo no cambia por esa circunstancia. En cambio, para la persona que muere el mundo sí cambia. De hecho desaparece.

Por tanto, parece que el sentido y el objetivo de la vida es personal para cada uno. Es mi mundo y el de mis allegados el que cambia si yo existo o dejo de existir.

Puestas así las cosas, puedo llevar una vida de sufrimiento constante, una vida de felicidad constante o cualquiera de los puntos intermedios.

Si mi vida no va a cambiar la marcha del universo, no encuentro lógico llevar una vida de sufrimiento. Por otra parte, para el universo tampoco es relevante si llevo una vida de felicidad. Es decir, tanto si yo sufro como si soy feliz, el mundo, más allá de mí mismo, seguirá siendo igual. Por tanto, yo puedo cifrar mis objetivos en alcanzar el mayor nivel de felicidad posible. Al fin y al cabo el mundo seguirá siendo el mismo, pero yo me sentiré bien. Por tanto, entiendo que mi objetivo personal más razonable es seguir estando vivo en el estado de mayor felicidad posible.

Al final, no hay sentido de la vida universal, sino el que yo quiera darle y el único razonable es mantenerme vivo en el mejor estado posible. Por tanto el sentido de la vida (la mía o la de cada uno) es ser feliz.

sábado, 23 de octubre de 2010

La maldad

Las personas contamos con cierto abanico de respuestas ante las situaciones.
las más adaptables pueden desplegar un abanico más amplio y las menos adaptables, tienen un número de alternativas disponibles bastante menor.
Por otra parte, con frecuencia, esas respuestas tienen un sesgo o tendencia en función de la personalidad. Es decir, algunos responderán de forma más agresiva, otros temerosa, otros disfrutarán de nuevas experiencias, otros sentirán frustración, etc.
Sí es habitual que cuando una persona no sepa afrontar una situación difícil, guarde rencor y odio hacia otras personas involucradas en esa situación, y la rabia le domine. Cuando ocurre ésto, probablemente despliegue conductas encaminadas a dañar esas personas a las que culpa. Si esto se reproduce con frecuencia, en muchas situaciones o con mucha intensidad, probablemente el círculo se retroalimente, provocando todavía más el mismo efecto.
Creo que ésto es lo que llamamos maldad, ya que la persona trata de hacer daño a los demás de forma aparentemente gratuita. En realidad no es gratuito, sino que obtiene el beneficio de reafirmar su propia imagen, obtener victorias (grandes o pequeñas), vengar su propio dolor...
Los demás debemos protegernos de estas situaciones. Puede ser como un socorrista, que al tratar de salvar a otra persona de un ahogamiento puede ser fácilmente arrastrado por la propia víctima que trata de rescatar. Así, la persona "malvada", además se ve rechazada en sus intentos de salir a flote, ya que su "salvavidas" elude sus intentos de empujarle hacia el fondo para salir ella de la angustia.
Entonces, vemos que la persona "malvada" actúa provocando nuevas víctimas (sus actos provocan en sus víctimas el mismo proceso de rabia, rencor y odio), pero en realidad su principal víctima (la más dañada) es ella misma. Difícilmente podrá salir del atolladero sin que reconozca que está en él. Y cada vez estará hundida más profundamente. Son las arenas movedizas del mal: atrapan a quienes tienen sentimientos rencorosos, y cuanto más les mueve el rencor, más se hunden.
Si no reconocemos estos efectos, cada uno puede convertirse en un nuevo atrapado por las personas "malvadas". Es posible que inicialmente nos mueva el deseo de revancha, pero si no lo manejamos adecuadamente, probablemente te conviertas en tu principal víctima.
Las personas malas no son malas. Son la primera víctima de una cadena iniciada por no tener unas conductas más beneficiosas para sí mismas.